TRASTORNOS DEL DESARROLLO ASOCIADOS CON BAJO RENDIMIENTO ESCOLAR


DISCAPACIDAD INTELECTUAL

La discapacidad intelectual, antes llamada retraso mental, es la justificación para fundar la educación especial. La definición más aceptada de discapacidad intelectual es aquella acuñada por la Asociación Estadounidense de Discapacidad Intelectual y del Desarrollo (AAIDD)(2), que la define como una discapacidad caracterizada por limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en el comportamiento adaptativo -que cubre muchas destrezas prácticas y sociales del día a día-, y que se origina antes de los 18 años. Los tres componentes principales de la definición (intelecto disminuido, habilidades de adaptación y edad) deben estar presentes antes de establecer el diagnóstico.
La limitación del funcionamiento intelectual se mide generalmente mediante una prueba de inteligencia formal, estandarizada y administrada individualmente, típicamente por un psicólogo. Se considera que existe una limitación significativa cuando la función del niño se ubica más de 2 desviaciones estándares bajo el promedio y además se ha considerado el error o medida estándar. Por ejemplo, en un test de coeficiente intelectual (CI) que tiene una media de 100 y una desviación estándar de 15 puntos, como el de las series de Wechsler, un CI de 70, o incluso de 75, indica una limitación significativa en la función intelectual. Si se toma en cuenta el error de medida estándar, puntajes tan altos como 75 puntos pueden significar discapacidad intelectual.
Para diagnosticar discapacidad intelectual se requiere que haya déficit del comportamiento adaptativo, los cuales también están presentes en muchas otras causas de BRE. Los déficit del comportamiento adaptativo son el aspecto más controvertido de la definición de la AAIDD puesto que este constructo está evolucionando y no hay un acuerdo universal sobre cómo implementar la definición. El paradigma actual comprende tres tipos de destrezas: conceptuales, sociales y prácticas. Las destrezas conceptuales se concentran en el lenguaje y alfabetismo; conceptos de dinero, tiempo y numéricos; auto-dirección. Las destrezas prácticas comprenden las actividades del diario vivir (cuidado personal), destrezas ocupacionales, cuidados de la salud, viaje/transporte, horarios/rutinas, seguridad, uso del dinero. Las destrezas sociales se refieren a habilidades interpersonales y lúdicas, autoestima, credulidad, ingenuidad (p. ej., cautela), resolución de problemas sociales y capacidad de seguir reglas, obedecer leyes y evitar ser victimizado. La discapacidad intelectual implica tener déficit significativos en uno de estos tres tipos de destrezas.
El componente final es la edad de comienzo antes de los 18 años. Esto no requiere que el diagnóstico se haga antes de los 18 años, sino que exista evidencia de déficit intelectuales y de comportamiento adaptativo antes de los 18 años.
Existe un rango amplio de habilidades dentro del constructo de discapacidad intelectual. Esto se confirma por estudios epidemiológicos que comparan la prevalencia de discapacidad intelectual entre diferentes países. La discapacidad intelectual severa, de Cl<50, es sorprendente-mente estable con una prevalencia de alrededor de 4/1000. En oposición, la prevalencia de discapacidad intelectual leve tiene un rango de 5-30/1000.
Diversas razones explican la variación en la prevalencia de discapacidad intelectual leve. En primer lugar, la discapacidad intelectual no es un constructo estable; los niños que tienen este trastorno pueden estar dentro o fuera del diagnóstico. Por ejemplo, un niño con un diagnóstico inicial de una dificultad específica del aprendizaje o de un trastorno en el lenguaje, puede no mantener su ritmo de desarrollo cognitivo y caer en el rango de discapacidad intelectual en la adolescencia. A la inversa, otro niño puede ser inicialmente diagnosticado con una limitación intelectual, pero con la maduración evolucionar hacia un trastorno específico del desarrollo. En segundo lugar, es difícil diagnosticar una discapacidad intelectual leve. Hay una renuencia en hacer este diagnóstico a niños pequeños, quizás por la preocupación de que el diagnóstico se convierta en una “profecía autocumplida”. Los niños mayores tienden a reflejar los comportamientos de sus pares intelectuales normales, por lo tanto cuando son vistos en un nivel superficial no destacan como diferentes. Sólo cuando se exploran las razones de por qué o cómo, los déficits se hacen evidentes. En tercer lugar, el diagnóstico de discapacidad intelectual leve puede verse enmascarado por otros trastornos del comportamiento. Muchos niños que muestran comportamientos externalizantes que son el resultado de su discapacidad, se diagnostican equivocadamente como TDAH o Trastorno Oposicionista Desafiante. La función cognitiva debiera tenerse en cuenta en todos los niños que presentan problemas del comportamiento.
Recuperado de: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0716864011704163




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